Todos los días igual

Llegaba del colegio, comía algo, hacia los quehaceres domésticos asignados para ella, y entonces se iba.

Se sentía tan bien ahí, llevaba sus libros, cualquiera de esos que encontró haciendo polvo en algún rincón de la casa, algún cuaderno u hoja en blanco, colores, todos los que tuviera, que no eran muchos, seguro, pero para ella suficientes, y se trepaba.

Caminaba, bailaba, leía, escribía, dibujaba, inventaba, soñaba. Vivía.

El tapial de la casa era su lugar, el sol y el viento pegando en su rostro le daban vida y color a sus días.

Su mundo, su historia. Sola, pero ahí estaba la paz. Esa paz que abajo no encontraba en ningún otro sitio de la casa.

Hoy ya adulta, sufre de miedo a las alturas.

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