Juan Gelman – Roma 14-9-80

Europa fue la cuna del caitalismo y al niño ese, en la cuna, lo alimentaron con oro y plata del Perú, de México, Bolivia, millones de indios americanos tuvieron que morir para engordar al niño, que creció vigoroso, desarrolló lenguas, artes, ciencias, modos de amar y de vivir, más dimensiones de lo humano.
¿Quién dijo que la cultura no tiene olor?
Paso por Roma, por París, bellísimas. En vía del Corso y Bulmish huelo de pronto a taíno devorado por perros andaluces, a orejas de ona mutilado, a azteca deshaciéndose en el lago de Tenochtitlán, a inquita roto en Potosí, a querandí, araucano, congo, carabalí, esclavizados, masacrados.
No olés a viejo, Europa.
Olés a doble humanidad, la que asesina, la que es asesinada.
Pasaron siglos y la belleza de los vencidos pudre tu frente todavía.

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Juan Gelman – Roma 11-5-80

Cierro los ojos bajo el solcito romano. Pasás por Roma, sol, y dentro de unas horas pasarás por lo que fue mi casa, no llevándome sino iluminando sitios donde falto, que reclamo, que reclaman por mí.
Los vas a calentar de todos modos, exactamente cuando de frío temblaré.

De agua – Arbolito

Somos un río calmo
cuerpito de agua que busca ir
somos un río bravo
cuando el mal tiempo no deja estar.
Somos agüita fresca
que regala claridad
si nos salimos de cauce
hacemos daño, como seguir.

Si te quedás empantanado
ya no aguantás ni tu propio olor
acordate adonde ibas
el futuro es hoy
el futuro es hoy.

Fluir…
no es dejarse llevar
fluir…
y en la mirada,
el sueño del mar…

 

Alas rotas – Cristina Colombo

Mi cuna-abrazo
despojados.
Mi arrullo-mi nana
silenciados.

Alarido de su pena
obligado a nacer
en la inédita noche del dolor.
No te llegó mi luz
las tinieblas ganaron su espacio
mi sangre no pudo contener el llanto
me quedaron las caricias
arañando los muros de la sin razón

Pájaro herido.
Alas rotas.
Pequeño niño.
Dulce niña.
Corazón estallado.

Se vació este cuerpo
y el río de mi vida
no transitó contigo.
He despegado de la vida
con la certeza de parirte,
no cabe otro impulso
que dejar la posta de evidencia
a quien me llevó en sus entrañas.

A la sangre de nuestra sangre.

Mamá:
vas a alumbrar otra vez
mis hijos nacerán nuevamente
desde tu corazón
desde tu lucha.

Una tarde de adiós – Cristina Colombo

¿Por qué fui a verte esa tarde?
Jamás había sentido tanta necesidad de hacerlo.
Debía volver a casa, pero mi brazo hizo señas al colectivo del sentido opuesto.
¡Te vi tan feliz! Cosías el dobladillo de un pantalón, mientras tu hijo jugaba con César y mamá.
Yo, como siempre a tu lado, serenaba mi espíritu y ponia sonrisas a mi cansancio.
Me acompañaste casi hasta la estación y te dije chau con la mano después de cruzar la calle principal, ya corriendo rumbo al andén.
A la una de la mañana vibró mi casa con un timbrazo, furioso como un relámpago.
Salté de la cama gritando tu nombre. Habías muerto.
Alcancé a vernos como esa tarde, yo diciéndote chau con la mano y vos sacudiendo tu pelo suelto.
Todo lo que vino después no sucedió.
Nosotras, ya nos habiamos dicho adiós.

el quenero – Jacinto Piedra

Con campanitas que suenan

Se levanta a la mañana

El quenero que les cuento

Sube a las cumbres más altas

 

Sopla que sopla un misterio

Una flor libre en su caña

Que le ha regalado el viento

Para que cuide su alma

 

Sus ojos miran al cielo

No hay horizonte que valga

Sus ojos miran al cielo

No hay horizonte que valga

 

Cuando vos le enseñes

A mis hijos la dulce canción

Que canta el viento